Demasiado “bueno”

De noche, al pie de mi cama, escucho a Tunacola con su canción Sol. La guitarra suave y la voz masculina junto con las armonías me hacen pensar en él. Desde que lo pienso, desde que me encuentro en el arrullo de un calor naciente en el pecho, solo escucho música en español. Regresé a mis origenes de Residente, Natalia Lafurcade, Los amigos invisibles y Jarabe de palo. Retorné a los vestigios de una infancia dulce e inocente en donde vuelvo a aprender a querer, a amar, a crecer. Me he estado tropezando mucho y a veces no siento encontrar esperanza suficiente para “salir al sol”. Pero tu mano ha estado allí, sosteniendome, mientras me vuelvo a levantar y a reconstruirme de apocos. 

Los más viejos, allá rascando los 27 en adelante, entienden mi estado pasivo y lento. Un ritmo que, en ocasiones, se apresura y luego baja la velocidad. Sin embargo, ¿cómo le explicas al mundo esto?, ¿que las mariposas ya no son mariposas sino pequeños ases de luz traducidos en calor? ¿Cómo le explico a mi generación que a veces siento que te amo hasta perder la cabeza, a veces te amo como para pasar los años andando de la mano contigo, a veces la tranquilidad me abruma, a veces no siento que te ame… simplemente lo sé, que a veces esa ausencia me asusta pero que no me quiero rendir?

¿Cómo le explico a mi cuerpo, a mi cabeza, a mis esfuerzos y ánimos que sé que valgo tanto como para merecerme todo esto? La paciencia es la virtud que nunca cultivé, que nunca se cosechó y, por ende, jamás nació y que hoy se rescata de pequeñas siembras a mi alrededor. Nunca pensé que permitirle la entrada a el cambio podría llenarme de tanto dolor y estrés porque… “Si todos queremos el mismo verano, la risa en la cara y el oro en la mano hay que salir al sol”. 

Sé que en este momento diré cosas bellas, bellas de ti, de lo que estoy aprendiendo, de lo que estoy sintiendo con fuerza y de las batallas que acabaré por ganar cuando dé los pasos correctos… 

De la nada, la naturaleza es más verde, el tiempo corre y vuela y vos… Seguís adelgazando, perdiendo pelo y sonriendo mucho. Como el murmullo de un arroyo, sabré que eres tú. En las calles encontraré los hermosos descubrimientos de cuando me abriste los ojos y me enseñaste que hay más mundo del que conozco. De pronto, el tráfico se convirtió en una excusa para tomarte de la mano, disfrutar de las “horas perdidas” y recibir pequeñas dósis de silencio que no incomodan. El calor del sol me recuerda que el amor que me das es ese: un abrazo completo, que me hace todavía más feliz, el brillo me pide que lo siga buscando y me acune en él. Así eres tú, como el pajarito que se abre espacio para crear un nido en donde madurar y crecer; uno que vuela alto, que se aleja y regresa a colocar una ramita con mucha ilusión. 

“Todo esto es demasiado bueno”, pensé. Así como en el colegio me enseñaron a que si las matemáticas resultaban sencillas algo andaba mal, lo mismo ocurre con la vida. Parecerá una locura, pero el cuerpo estalla por querer huir. Salir corriendo, protegerse de algo que no es capaz de ver, escuchar u oír. ¿Sabé qué es lo peor? Ni siquiera existe. Quise correr a una dirección cualquiera que me sacara del miedo, del pánico y la ansiedad sin sentido… Sin embargo, aquí me tengo frenando esa prisa, porque valés la pena. 

 

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